
Por Alberto Juárez Escalante*
¿Cómo puede una persona sobrevivir en este mundo?, ¿cómo puede solucionar la compleja problemática que le plantea esta sociedad tan convulsa en que nos ha tocado vivir?
Desde una postura fatalista pareciera que no existe solución. Sin embargo, desde una concepción amplia de la educación podríamos plantearnos líneas de acción que conduzcan a una mejora sustancial en todos los órdenes de la vida.
En este ensayo se pretenden plantear algunos aspectos vinculados con la educación de las personas jóvenes y adultas. En primer lugar, veremos la necesidad de ampliar nuestro concepto de educación y posteriormente abordaremos la cuestión de la educación basada en competencias. Finaliza el trabajo con el planteamiento de acciones que podrían cambiar la situación actual. Todo ello pensado como posibles respuestas a las interrogantes escritas al principio.
Ante una sociedad como la actual resulta obvia la necesidad de pensar en la educación de personas jóvenes y adultas, no tanto como atención al rezago, sino con una visión integral que abarque todos los aspectos de la persona, así como que satisfaga las necesidades de aprendizaje actuales y las que resultasen en el futuro.
La sociedad actual requiere una educación que se centre en el aprendizaje de habilidades, desarrollo de actitudes y fomento de valores, dentro del marco de las necesidades propias del estudiante adulto tan peculiar en nuestro México.
Lo que salta a la vista siempre que se habla de educación de adultos, es la tremenda pobreza en que se desenvuelve esta población. Resulta en verdad necesario erradicar esta miseria, pero además es urgente un cambio en las políticas públicas paternalistas y en las políticas educativas reformistas, que son producto de un capitalismo succionador de la sangre del pueblo.
En este sentido cobra actualidad el respeto a los derechos humanos, aprender a convivir y el desarrollo de los mecanismos democráticos al seno de todas las instancias educativas.
Además resulta urgente el fomento del sentido comunitario del trabajo, hecho que va más allá del concepto de trabajo en equipo, para alcanzar mejores desempeños en el trabajo, en el juego de roles en la familia y en el mejoramiento de la comunidad misma.
Todo lo anterior implica el establecimiento de nuevas formas de relacionarse, entre los seres humanos, entre las diferentes razas, géneros, etnias, etc., para poder dialogar en torno a nuevas posibilidades de desarrollo y minimizar de este modo los conflictos, enfrentamientos y violencia actuales.
Es obvio que el peligro ecológico existe y la educación de adultos debe contemplar en su currículo la toma de conciencia de este deterioro, que todos comprendamos que lo que le ocurra a la Tierra, le ocurrirá también a los hijos de la Tierra.
En suma, estoy hablando de una educación que vea más allá de lo cotidiano, que enfoque sus energías hacia el futuro, que prospectivamente se convierta en Educación para toda la Vida .
Es así como adquiere importancia, a pesar del debate internacional, el enfoque de una EBC (educación basada en competencias).
No me refiero a ciertas competencias tecnológicas limitativas, sino a competencias que integren al ser humano como ciudadano que realiza lecturas de la realidad y que de un modo u otro incide en su entorno.
Un ser humano comprometido consigo mismo y con su mundo circundante precisa de competencias amplias. Competencias que aunque estén vinculadas con el mundo laboral, le permitan al individuo trascender ese mismo mundo y transformarlo.
Un ser competente sólo surgirá de una aula en la que predomine un ambiente diferente, me refiero al diseño de un ambiente de aprendizaje de respeto por el ser humano. Reconocer que este estudiante piensa y siente es cambiar su postura de objeto a sujeto. Es pensar en él y con él. Es convertirlo en libre-pensador.
Competencia se traduce entonces en una visión amplísima del término, como un conjunto de conocimientos, habilidades y valores que potencian al individuo y lo hacen recobrar su humanidad.
En algunas universidades se plantea la necesidad de apoyar a los jóvenes y los adultos que se caracterizan como participantes de un rezago y transitadores de modos educativos alternos.
Quiero pensar que la formación que reciben los estudiantes de esas universidades los preparan como formadores de sujetos pensantes, pero para ello resulta urgente que también ellos vivan un proceso de recuperación de la misma sociedad.
Si se plantea el concepto formación, vemos lo imprescindible que resulta definir el concepto mismo. Formar, es desde un punto de vista social cognitivo un concepto fundamental. Sabemos que se aprende en la interrelación y que después este proceso se introyecta. Se aprende con los otros y después con uno mismo.
Formar no es lo mismo que informar, no es sólo poseer datos, sino vivenciar el proceso de aprendizaje, lo que en contextos reales conlleva más factores de los que se plantean en los postulados librescos de la didáctica.
La realidad de las aulas, de la vida, de la escuela, obedecen a normas vivas que cambian y que rigen la dinámica de la misma, en una forma que escapa a todo que aquello que nosotros hayamos conceptualizado.
Ser competente es saber bailar al compás de la realidad, con sus propios ritmos. No debemos pretender imponer nuestros modelos a este danzar. Pues cuando lo hacemos la mutilamos, la matamos, se nos escapa.
Es cierto que se necesita, por ejemplo, un estudiante que investigue, que desarrolle las habilidades de creación de conocimiento, pero lo realmente importante es que sepa por qué investiga y para qué investiga. Ahí está la esencia del concepto de competencia.
Por ello quiero plantear algunas acciones que los profesores podemos realizar al interior de nuestras aulas, para propiciar el logro de competencias en nuestros estudiantes.
Primero que todo hay que reflexionar sobre el concepto de hombre que poseemos y partir de la idea que el ser humano es un ser pensante, que vive y siente, que posee una biografía personal que lo condiciona, que vive un momento histórico que le ayuda, pero que en ocasiones lo limita. El estudiante es alguien igual a nosotros.
Aprendamos y apliquemos la humildad que nos exige el momento, ya nadie es experto. Seamos coaprendices, eliminemos la vertical de autoridad que suponen nuestras clases tradicionales, veamos con otros ojos a nuestros pupilos.
Después de esto, si en verdad queremos humanos altamente efectivos, pensemos y ejecutemos nuestras cátedras, en el sentido de significatividad que da fuerza y poder a la vida. Contextualicemos todo, no vivamos una realidad libresca y otra cotidiana, vivamos la clase como lo que es, una extensión de la vida misma y proyectemos en ella lo que queremos enseñar-aprender y/o discutir.
Existen cinco principios metodológicos que rigen la formación de competencias: significado sobre estructura, habilidades más allá del aula, centrar todo en el alumno, interacción y trabajo cooperativo y atender a una visión integrada entre tareas, atributo y contexto.
Obviamente tales principios obedecen a una ruptura de paradigma educativo. O mejor dijéramos una ruptura con los esquemas rituales de la cotidianeidad. Salirse de lo mismo, de la rutina enajenante y humillante. Superar la pesadez de la clase. Vivir con sentido lo enseñado. En otras palabras, siempre estar consciente de lo que se hace o dice en esos momentos. Parafraseando, diría que lo que le haga uno a los estudiantes se lo hace uno a sí mismo y viceversa.
Por ello el accionar que menciono no debe partir de una mera pose pietista. Debe surgir de un pleno convencimiento del postulado filosófico que subyace en tal atrevido axioma.
Vayamos cual guerreros de la luz o de la pluma o de la letra, en la búsqueda de nuestra propia humanidad, rescatémosla como profesores o como estudiantes, vivamos y compartamos los roles, en la reciprocidad que exigen los momentos actuales. De esta única y exclusiva forma, podremos dar respuesta a las preguntas trascendentales que se plantean al inicio.
Así aseguramos nuestra supervivencia, así podremos prolongar nuestra agonía.
Porque competencia me recuerda competir, o porque como humanoides quizá nos compete ser siempre competitivos.
*Catedrático del Tecnológico de Monterrey Campus Colima
Comentarios: comentarios.col@servicios.itesm.mx
Facilitador: Rafael Aguilar Vélez.
¿Cómo puede una persona sobrevivir en este mundo?, ¿cómo puede solucionar la compleja problemática que le plantea esta sociedad tan convulsa en que nos ha tocado vivir?
Desde una postura fatalista pareciera que no existe solución. Sin embargo, desde una concepción amplia de la educación podríamos plantearnos líneas de acción que conduzcan a una mejora sustancial en todos los órdenes de la vida.
En este ensayo se pretenden plantear algunos aspectos vinculados con la educación de las personas jóvenes y adultas. En primer lugar, veremos la necesidad de ampliar nuestro concepto de educación y posteriormente abordaremos la cuestión de la educación basada en competencias. Finaliza el trabajo con el planteamiento de acciones que podrían cambiar la situación actual. Todo ello pensado como posibles respuestas a las interrogantes escritas al principio.
Ante una sociedad como la actual resulta obvia la necesidad de pensar en la educación de personas jóvenes y adultas, no tanto como atención al rezago, sino con una visión integral que abarque todos los aspectos de la persona, así como que satisfaga las necesidades de aprendizaje actuales y las que resultasen en el futuro.
La sociedad actual requiere una educación que se centre en el aprendizaje de habilidades, desarrollo de actitudes y fomento de valores, dentro del marco de las necesidades propias del estudiante adulto tan peculiar en nuestro México.
Lo que salta a la vista siempre que se habla de educación de adultos, es la tremenda pobreza en que se desenvuelve esta población. Resulta en verdad necesario erradicar esta miseria, pero además es urgente un cambio en las políticas públicas paternalistas y en las políticas educativas reformistas, que son producto de un capitalismo succionador de la sangre del pueblo.
En este sentido cobra actualidad el respeto a los derechos humanos, aprender a convivir y el desarrollo de los mecanismos democráticos al seno de todas las instancias educativas.
Además resulta urgente el fomento del sentido comunitario del trabajo, hecho que va más allá del concepto de trabajo en equipo, para alcanzar mejores desempeños en el trabajo, en el juego de roles en la familia y en el mejoramiento de la comunidad misma.
Todo lo anterior implica el establecimiento de nuevas formas de relacionarse, entre los seres humanos, entre las diferentes razas, géneros, etnias, etc., para poder dialogar en torno a nuevas posibilidades de desarrollo y minimizar de este modo los conflictos, enfrentamientos y violencia actuales.
Es obvio que el peligro ecológico existe y la educación de adultos debe contemplar en su currículo la toma de conciencia de este deterioro, que todos comprendamos que lo que le ocurra a la Tierra, le ocurrirá también a los hijos de la Tierra.
En suma, estoy hablando de una educación que vea más allá de lo cotidiano, que enfoque sus energías hacia el futuro, que prospectivamente se convierta en Educación para toda la Vida .
Es así como adquiere importancia, a pesar del debate internacional, el enfoque de una EBC (educación basada en competencias).
No me refiero a ciertas competencias tecnológicas limitativas, sino a competencias que integren al ser humano como ciudadano que realiza lecturas de la realidad y que de un modo u otro incide en su entorno.
Un ser humano comprometido consigo mismo y con su mundo circundante precisa de competencias amplias. Competencias que aunque estén vinculadas con el mundo laboral, le permitan al individuo trascender ese mismo mundo y transformarlo.
Un ser competente sólo surgirá de una aula en la que predomine un ambiente diferente, me refiero al diseño de un ambiente de aprendizaje de respeto por el ser humano. Reconocer que este estudiante piensa y siente es cambiar su postura de objeto a sujeto. Es pensar en él y con él. Es convertirlo en libre-pensador.
Competencia se traduce entonces en una visión amplísima del término, como un conjunto de conocimientos, habilidades y valores que potencian al individuo y lo hacen recobrar su humanidad.
En algunas universidades se plantea la necesidad de apoyar a los jóvenes y los adultos que se caracterizan como participantes de un rezago y transitadores de modos educativos alternos.
Quiero pensar que la formación que reciben los estudiantes de esas universidades los preparan como formadores de sujetos pensantes, pero para ello resulta urgente que también ellos vivan un proceso de recuperación de la misma sociedad.
Si se plantea el concepto formación, vemos lo imprescindible que resulta definir el concepto mismo. Formar, es desde un punto de vista social cognitivo un concepto fundamental. Sabemos que se aprende en la interrelación y que después este proceso se introyecta. Se aprende con los otros y después con uno mismo.
Formar no es lo mismo que informar, no es sólo poseer datos, sino vivenciar el proceso de aprendizaje, lo que en contextos reales conlleva más factores de los que se plantean en los postulados librescos de la didáctica.
La realidad de las aulas, de la vida, de la escuela, obedecen a normas vivas que cambian y que rigen la dinámica de la misma, en una forma que escapa a todo que aquello que nosotros hayamos conceptualizado.
Ser competente es saber bailar al compás de la realidad, con sus propios ritmos. No debemos pretender imponer nuestros modelos a este danzar. Pues cuando lo hacemos la mutilamos, la matamos, se nos escapa.
Es cierto que se necesita, por ejemplo, un estudiante que investigue, que desarrolle las habilidades de creación de conocimiento, pero lo realmente importante es que sepa por qué investiga y para qué investiga. Ahí está la esencia del concepto de competencia.
Por ello quiero plantear algunas acciones que los profesores podemos realizar al interior de nuestras aulas, para propiciar el logro de competencias en nuestros estudiantes.
Primero que todo hay que reflexionar sobre el concepto de hombre que poseemos y partir de la idea que el ser humano es un ser pensante, que vive y siente, que posee una biografía personal que lo condiciona, que vive un momento histórico que le ayuda, pero que en ocasiones lo limita. El estudiante es alguien igual a nosotros.
Aprendamos y apliquemos la humildad que nos exige el momento, ya nadie es experto. Seamos coaprendices, eliminemos la vertical de autoridad que suponen nuestras clases tradicionales, veamos con otros ojos a nuestros pupilos.
Después de esto, si en verdad queremos humanos altamente efectivos, pensemos y ejecutemos nuestras cátedras, en el sentido de significatividad que da fuerza y poder a la vida. Contextualicemos todo, no vivamos una realidad libresca y otra cotidiana, vivamos la clase como lo que es, una extensión de la vida misma y proyectemos en ella lo que queremos enseñar-aprender y/o discutir.
Existen cinco principios metodológicos que rigen la formación de competencias: significado sobre estructura, habilidades más allá del aula, centrar todo en el alumno, interacción y trabajo cooperativo y atender a una visión integrada entre tareas, atributo y contexto.
Obviamente tales principios obedecen a una ruptura de paradigma educativo. O mejor dijéramos una ruptura con los esquemas rituales de la cotidianeidad. Salirse de lo mismo, de la rutina enajenante y humillante. Superar la pesadez de la clase. Vivir con sentido lo enseñado. En otras palabras, siempre estar consciente de lo que se hace o dice en esos momentos. Parafraseando, diría que lo que le haga uno a los estudiantes se lo hace uno a sí mismo y viceversa.
Por ello el accionar que menciono no debe partir de una mera pose pietista. Debe surgir de un pleno convencimiento del postulado filosófico que subyace en tal atrevido axioma.
Vayamos cual guerreros de la luz o de la pluma o de la letra, en la búsqueda de nuestra propia humanidad, rescatémosla como profesores o como estudiantes, vivamos y compartamos los roles, en la reciprocidad que exigen los momentos actuales. De esta única y exclusiva forma, podremos dar respuesta a las preguntas trascendentales que se plantean al inicio.
Así aseguramos nuestra supervivencia, así podremos prolongar nuestra agonía.
Porque competencia me recuerda competir, o porque como humanoides quizá nos compete ser siempre competitivos.
*Catedrático del Tecnológico de Monterrey Campus Colima
Comentarios: comentarios.col@servicios.itesm.mx
Facilitador: Rafael Aguilar Vélez.

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